La inteligencia artificial –AI, por sus siglas en inglés, Artificial Intelligence–, aunque parezca un concepto relativamente nuevo, no lo es. Su origen se remonta a 1940 y ha ido evolucionando desde entonces a la par que la tecnología actual, afinando su concepto.

La AI se ha disparado recientemente gracias a los nuevos algoritmos, los últimos avances en servicios basados en nube, el desarrollo de nuevos dispositivos, mejores hardware, conexiones más rápidas –sobre todo ahora con la aparición del 5G– y en especial con el IoT (Internet of Things).

Prestigiosas empresas tecnológicas están invirtiendo en AI, como la multinacional Apple, que ha adquirido la startup Turi, o Google, que ha comprado una empresa británica llamada DeepMind enfocada a la investigación en la materia. También otras compañías no relacionadas directamente con las TICs se están interesando por la AI, como Vespa, que recientemente ha desarrollado un robot personal enfocado al turismo, Gita, que transporta el equipaje y sigue al usuario en sus traslados, o Sberbank, el mayor banco de Rusia, que sustituirá a 3.000 empleados del departamento jurídico por robots que responderán a las cartas de reclamaciones enviadas por clientes minoristas.

Es un mercado de gigantescas dimensiones. En 2016 ingresó 643,65 millones de dólares, pero se espera que mueva hasta 1.247,56 millones el año que viene y que se mantenga esta tendencia alcista hasta 2025, cuando llegará a ingresar 36.818,16 millones de dólares.

De cumplirse las predicciones, afectaría a muchos sectores económicos y supondría la eliminación de numerosos puestos de trabajo, un cambio en la estrategia de negocio, redistribución en los departamentos, nuevos perfiles y, sobre todo, una gran inversión con tal de asumir esta transformación digital.

Como era de esperar, las empresas relacionadas con Software, Internet y Telecomunicaciones son las que más invierten en investigación en AI, sin embargo, hay otros sectores en los que la AI también tendrá un impacto significativo.

Par empezar, en el ámbito de los servicios financieros –tal y como ha ocurrido con Sberbank–, los robo-advisor encontrarán su lugar en la cadena de trabajo, ocupando puestos que desempeñan tareas algo más rutinarias, y aportarán valor añadido con un mayor y mejor conocimiento del cliente: el flujo de información que procesa la AI puede aportar datos relativos a los intereses de los usuarios para así ofrecer unos productos más adecuados y atractivos según el perfil. También será útil esta tecnología para delimitar el riesgo de inversión con datos procesados de forma inteligente, aportando predicciones más exactas.

Los seguros también es un sector interesante para esta disruptiva tecnología, sobre todo para los productos de salud. Mediante algoritmos, la AI podrá no sólo recoger datos médicos del cliente, sino que también realizar predicciones de su salud y esperanza de vida, o incluso predecir la probabilidad de suicidio. Esta información es muy útil para ajustar el precio y el producto al usuario.

El transporte tampoco se queda atrás: los coches autónomos son tendencia y la mayor parte de las compañías automovilísticas están invirtiendo en ello. Se espera que trabajos asociados al transporte se vean afectados por el auge de la conducción autónoma, como el transporte de mercancías en camiones, ya que se han desarrollado sistemas de autotripulación muy eficaces que irán mejorándose durante los próximos años.

No obstante, hay otro factor a tener en cuenta. Siempre que la innovación abre un nuevo espacio de mercado, la lentitud con la que los actores tradicionales lo ocupan genera contradicciones que permiten el surgimiento de startups, compañías que se especializan en segmentos concretos de la cadena de valor, mucho más ágiles que las tradicionales y que pueden llegar a disputarles cuota de mercado. Este fenómeno está teniendo lugar en el campo de la inteligencia artificial, donde la inversión en startups de este mercado ha pasado de 45 millones de dólares en el año 2010, a 310 millones en el pasado 2015, un crecimiento del 688,8% en cinco años. La mayoría de estas compañías se están especializado en machine learning, procesamiento de lenguaje natural, robots inteligentes, asistentes personales y motores de recomendaciones para usuarios.

Aun así, más allá de este horizonte futuro en el que las máquinas sustituirán a los humanos en muchas actividades y manejarán incluso mejor los datos, hay que ser conscientes de que en muchos puntos de la cadena de valor se seguirá prefiriendo el contacto humano. En el ámbito turístico, por ejemplo, el 61% de los estadounidenses piensa que las personas desarrollan mejor su trabajo en los mostradores de facturación de los aeropuertos que las máquinas. Además, el 66% se asusta ante la visión de la tecnología reemplazando a las personas en los puestos de seguridad del aeropuerto.

Por otra parte, no hay que olvidar al Machine Intelligence (MI), que es la evolución lógica de la AI ante el aumento de datos, de la velocidad de procesamiento y la transmisión, incrementándose su campo de actuación y su capacidad respecto a las tecnologías tradicionales. Esta tendencia supondrá una inversión de 31.300 millones de dólares en 2019, por lo que se torna imprescindible para las empresas que quieran transformar sus operativas desde la innovación tecnológica tenerla en cuenta.

En conclusión, la AI afecta a todos los sectores y es natural que vaya aumentando su protagonismo no sólo en el día a día de los clientes, sino también en los procesos de producción de las empresas. Las compañías deberán estar atentas y visualizar las posibilidades disruptivas de la innovación, poniendo en práctica proyectos enfocados al futuro de la AI y siendo conscientes de que esperar a que esta tendencia esté madura en el mercado puede suponer que sea demasiado tarde para posicionarse estratégicamente y ser competitivo.