En la actualidad ya existen alrededor de 6,5 mil millones de objetos conectados, uno por habitante de la tierra. Esta enorme red, formada por sensores, aplicaciones, coches conectados, teléfonos inteligentes, wearables y todo tipo de elementos conectados llegará a estar compuesta por 20,8 mil millones de dispositivos en el año 2020, aumentando exponencialmente su potencial para modificar nuestras vidas.

En este contexto de rápida expansión del Internet de las Cosas (IoT), esta tendencia está ganando protagonismo en entidades bancarias globales como Banco Santander, Mizuho Group o Swedbank. Cada vez más entidades ofrecen plataformas que permiten a sus clientes operar desde dispositivos IoT, tratando de aprovechar la increíble oportunidad de negocio que brinda esta nueva tecnología al sector financiero.

La disruptividad del IoT es tal que da distintas utilidades a objetos que en un primer momento no se hubieran imaginado. Ejemplo de ello son los vehículos mediante los cuales se puede realizar transacciones. Incluso gigantes de internet como Google, Amazon o Facebook han aprovechado toda esta evolución para consolidar y expandir sus posiciones. Por ejemplo, el Amazon Dash Button, desde el cual un consumidor puede realizar una orden de compra directa para, por ejemplo, solicitar stock, o hacer acopio de algún producto doméstico que se le haya agotado, y además hacer el pago de forma automática; todo esto con tan solo apretar ese botón en el dispositivo en cuestión.

Esta nueva forma de pago abre un abanico enorme de oportunidades para que los usuarios interactúen con entidades financieras en nuevos puntos de contacto que podrían ir desde el coche conectado hasta cualquier otro electrodoméstico.

Sin embargo, en este punto surgen una serie de interrogantes. ¿Este enorme nivel de conectividad tendrá realmente un impacto transformador en nuestras vidas? ¿No llegará un punto de conectividad tal que se produzca una saturación y los potenciales beneficios se conviertan en problemas? ¿Se integrará el IoT dentro del comercio electrónico o la banca?

La realidad es que la adopción de esta tecnología por parte del sector financiero ya está pasando la etapa de “hype para empezar a convertirse en una realidad palpable. Ya en 2015, cada compañía financiera invertía de media 117,35 millones de dólares en esta tecnología. Asimismo, se calcula que su adopción alcanzará, en 2020, un ratio del 41% en banca minorista y del 35% en banca de inversión, convirtiéndose así en una innegable realidad de mercado que destacará a ciertos actores más innovadores frente a una competencia incapaz de aprovechar la ola de la disrupción.

Ejemplos de ello los hallamos en cada vez más empresas del sector. IBM, por ejemplo, se ha asociado con Visa para ofrecer servicios de tokenización a sus clientes IoT. Cada dispositivo IoT podrá convertirse a partir de ahora en un terminal de punto de venta (PoS) capaz de realizar transacciones. Entre estos dispositivos podremos encontrar desde un dispositivo capaz de solicitar piezas de recambio para el coche, hasta un refrigerador desde el que se pueden pedir alimentos.

En todo caso, los intereses de los usuarios van a tener que ser el punto de partida para empezar a identificar las necesidades tecnológicas de la entidad. El campo de posibilidades es tal que la lógica de ensayo-error podría ser infinita, por lo que el estudio del público objetivo se convierte en algo fundamental. Asimismo, de cara a gestionar toda esta complejidad, los bancos han de construir una nueva arquitectura interna más flexible que permita procesar transacciones en tiempo real desde múltiples canales.

Parece que esto va a ir a más, por lo que las entidades bancarias deberán focalizarse en factores como: la personalización de los productos según el cliente, la automatización y agilización de procesos, que estos sean más intuitivos y en la inversión en ciberseguridad. Este último punto es muy importante, ya que nuevas tecnologías implican nuevas brechas; o bien por la adaptación al producto, que igual no es lo suficientemente intuitivo como para evitar errores humanos por parte de los usuarios, o bien porque al mismo tiempo que crece el IoT, crece la complejidad y vulnerabilidad de los sistemas, lo que abona el campo para una ciberdelincuencia cada vez más sofisticada.

Para incrementar estos niveles de seguridad en un mundo conectado va a hacer falta que los bancos se apoyen en nuevas herramientas de autenticación y autorización, incluyendo prestaciones biométricas y de geolocalización o verificación contextual, teniendo además que lidiar con la demanda de los usuarios de un método cada vez más sencillo y ágil para identificarse. Será importante entonces estar atentos para no quedarse atrás en las últimas novedades que aparezcan en materia de autenticación, así como de regulación y cumplimiento normativo como mecanismos para preservar la protección de datos del consumidor.

Por otro lado, el IoT está muy ligado a la realidad virtual y la realidad aumentada, dando lugar a una buena oportunidad de negocio. Por ejemplo, un software mediante el cual cooperen las entidades financieras con comercios minoristas, dando la posibilidad de que los usuarios puedan acceder automáticamente al precio de los productos tan sólo enfocándolos con la cámara del Smartphone –muy similar a la interfaz del popular juego Pokemon Go–, o unas gafas de VR/AR donde no sólo se reflejara el precio, sino que hiciera un cálculo en el que se ajusten las cuentas del consumidor a la hora de comprar o no el producto, teniendo así en cuenta factores como el ahorro, los ingresos que posea en cuenta e incluso los gastos pendientes.

Gracias al IoT el dinero es cada vez más virtual y menos físico, y muchos clientes prefieren los métodos alternativos de pago vía Smartphone, reloj inteligente, etc. En este sentido, el desarrollo futuro de esta tendencia podrá suponer no sólo la casi total eliminación del dinero en metálico, sino que también la sustitución de las tarjetas de crédito por dispositivos alternativos como los nombrados anteriormente.

Y, cómo no, cuando existe una oportunidad de negocio de tan gigantescas dimensiones y los actores tradicionales se muestran lentos en aprovecharla, observamos el florecimiento de startups y productos innovadores orientados a sacar partido al IoT en el ámbito financiero. Un ejemplo reciente es Optus y su nueva taza SmartCup. Se trata de una nueva taza de café reutilizable con sistema de pagos NFC (Near-Field Communication) y Visa payWave, que permitirá a sus propietarios pagar el café sobre la marcha, simplemente pasando la taza sobre un TPV con tecnología contactless. Así, la posibilidad de realizar transacciones con Smartphone o relojes digitales ya es una realidad, pero la IoT puede ir más allá. Otro escenario futuro, por ejemplo, es que ni siquiera se necesite llevar encima el Smartphone para pagar, sino que esto se realice mediante microchips. De hecho, una empresa belga permite a sus empleados fichar la entrada y salida del trabajo, abrir puertas o acceder al ordenador mediante un microchip implantado en la mano. Y no sería raro que esto se extrapolase a las actividades financieras. Más allá de especulaciones, lo que está claro es que el universo financiero se inclina cada vez más hacia lo virtual.

Pero este escenario futuro deberá atender no sólo las necesidades de los clientes que prefieren el método virtual, sino que también será necesario encontrar productos alternativos para aquellos grupos de riesgo que no estén familiarizados con estos nuevos mecanismos. Una oportunidad de negocio en este ámbito sería ofertar dispositivos similares a los Smartphone pero que no dispongan de las mismas competencias a nivel social, sobretodo en el caso de los niños con padres que no deseen comprarles un móvil a edades tempranas, sino simplemente transferirles –incluso al momento, porque esté sincronizada de alguna manera la cuenta de los padres con el dispositivo del niño– una cantidad de dinero determinada, de la que disponer en un lapso temporal predefinido.

En definitiva, el IoT es una oportunidad sin igual para la banca, al permitirle formar parte de todos y cada uno de los procesos cotidianos de los usuarios, de sus dispositivos domésticos y personales. La posibilidad de efectuar un pago a través de prácticamente cualquier objeto, y el campo de aplicaciones infinito que esto abre, es un escenario esperanzador para un sector financiero en el que la competencia centrada en la innovación va ganando protagonismo a marchas forzadas.